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La
mañana cambia los nombres. La mañana cambia el mundo.
Voz en off
Una palidez en el horizonte anunciaba el día. La noche había
pasado rápido, con nubes que reflejaban la luz naranja y eléctrica
de la ciudad. Algunos gritos se habían escuchado, pero no frente
a su casa.
Sus ojos se abrieron. Se obstinaban en amanecer en contra de su voluntad,
a pesar de la necesidad de descanso que aún sentía. Observó
el pelo y la espalda desnuda de una persona, que era su amor. Desde algún
lugar cerca del fondo de sus ojos se prolongaba una extraña consciencia
de su respiración. Sabía que todas estas percepciones que
le traían una vivencia de hiperrealidad física y corporal,
habían empezado al aspirar su olor hasta llenarse. Cuando hace
ya algún tiempo empezó a amar a esa persona había
dicho que esos cabellos eran decididamente verdes (especialmente en países
nórdicos).
Ya entonces sabían que llegarían a ser personas de cierta
relevancia. Sus nombres, su casta, su educación, su estilo y carácter
lo garantizaban, al igual que ahora ocurría con sus hijos. Nos
lo merecíamos todo, nuestra vida, los objetos que poseíamos.
Se sorprendía de haber dudado tan poco, de haber vivido con tanta
seguridad los pasos de su exitoso destino. Siempre se había considerado
una persona idónea y necesaria, y siempre se le había tratado
como tal. Se dio media vuelta. Pese a que la cena de la noche anterior
había sido ligera, tenía una sensación de saciedad
sólo posible en alguien que jamás ha pasado hambre.
Sin levantarse de la cama, su mente estableció cierta relación
entre el cabello de la persona que dormía a su lado, sus pensamientos
en esos instantes, y lo ocurrido en televisión la noche anterior.
Habitualmente verla le servía para acallar el murmullo de su cabeza,
y acercarse anestesiadamente al momento de irse a la cama. Pero esa noche
le había producido un extrañamiento que no tenía
origen en un momento dado, en un programa concreto, como a veces sucede
(esa clara sensación de “esto me está ensuciando”).
Esa disfunción del programa televisivo se revelaba a través
de múltiples detalles con distinto sentido: a partir del peinado
o de las gafas sin montura de un presentador, a causa del uso de la frase
“este país nuestro” en la boca de una presentadora
con ojos falsos... Por la hora que era, asoció su malestar al efecto
de la falta de sueño y se marchó a dormir.
Miró el reloj confirmando que todavía faltaba mucho tiempo
antes de que tuviera que levantarse y prepararse para ir al despacho esa
mañana. A lo largo de los años había ocupado unos
cuantos. Se recordaba en su primer día en cada uno de ellos. Y
ahora que por primera vez hacía este juego comparativo, veía
que su actitud y su persona habían cambiado con cada traslado.
Con mejor sueldo, mayor seguridad, más responsabilidades... Pero
también con menos tiempo, más desilusión, más
autómata.
Pensó: Cada gesto mío, cada paso en la confusión
de un despacho, en una reunión, confecciona las opciones dentro
del espectro de posibles de los hombres. Yo hago de mediador en ese momento
en el cual el resto de las personas abre los ojos por la mañana
y ve el pelo y la espalda desnuda de una persona que es su amor. La mera
oportunidad de apreciar una serie de emociones en ese instante, su forma
e intensidad, incluso la posibilidad de que alguien pueda tener o no tener
en su vida un solo momento así, pasan de alguna forma por encima
de mi mesa. En el momento de respirar el olor de estos cabellos he descubierto
lo equivocado de mi vida, configurada como una trayectoria de olvido de
lo que es importante. He puesto entre paréntesis la realidad para
decidir sobre ella pero quizá no he sabido distinguir si estaba
haciendo un mundo para los hombres y mujeres, o simplemente operaba dentro
de la sucesión de intereses cuya única y verdadera motivación
es el beneficio económico o la ambición personal.
Abrió mejor los ojos para entrar más conscientemente en
la realidad. Una enorme tristeza lo invadió. A veces se produce
una cesura irreparable, un punto a partir del cual todo empieza a ser
o a modificarse en relación a eso que ha empezado. Y ya lo había
hecho. En este momento se ha abierto algo, algo dentro de mí que
es demasiado claro, con unas implicaciones demasiado básicas para
la propia vida como para que pueda negarlo, ni siquiera modificarlo para
que me sea más cómodo.
¿Quién soy yo para mediar en la vida de otras personas?
Se levantó de su cama. Estaba ya demasiado despierto como para
bostezar pero se estiró todo lo que pudo en un último y
vano intento de desembarazarse de la nueva persona que comenzaba a ser.
Sentía todo esto muy claramente y con la misma claridad intuía
que si alguien le pidiese que explicara lo que pasaba por su mente no
sabría cómo. Era difícil entender que la luz de su
habitación le hubiese hecho pensar, precisamente en el instante
propicio: ¿Cuántas sonrisas habré quebrado y cuántas
habré generado y de quién?
Los pensamientos siguientes le llevaron a la conclusión de que
aquellas personas que le habían rodeado durante años no
tenían vida, y confundían emoción con representativas
camisas planchadas. Sabía bien qué marcas definían
el reconocimiento mutuo dentro de esos grupos. Yo he buscado la seguridad
dentro de ese reconocimiento. Se preguntó: ¿Cuántas
de las decisiones que he tomado, de las actas que he firmado eran mías?
¿Cuántas eran realmente necesarias y quién las necesitaba?
De las decisiones que he tomado inmerso en los poderes ejecutivos y supuestamente
democráticos sé que algunas me confirman como la persona
adecuada. ¿Pero cuántas legitiman mis privilegios y mi respetabilidad,
si eso es en algún caso posible?
Muchas veces había tomado decisiones en nombre de muchos, de un
país entero. Las había tomado en lugares a los que esos
muchos jamás han tenido acceso, conociendo informaciones secretas
que habían sido influyentes e incluso determinantes, pero que se
consideraba que la gente no estaba preparada para conocer; secretos que
la Historia, los libros de las escuelas no recogerían. Uno aprende
en casa, en la calle, que el pueblo es menor de edad y necesita ser tutelado.
Ya en la cocina, después de haberse lavado la cara sin darse cuenta
y haber mirado el sol tenue de la mañana dándose mucha cuenta,
se sentó. Todo eso fue importante. Alguien con un sonido suave
de jersey, con un olor inadvertido de jersey de lana que roza le sirvió
el café. Era su hija. Gracias, pensó. Era la primera persona
despierta que veía esa mañana.
Yo tuve, creí tener un proyecto, criterios, principios... Me enseñaron
que mi status y mi prestigio social me hacían fuerte y que no debía
pensar más allá o buscar alternativas. Yo como todos pero
¿por qué todos así? ¿ Por qué todos
sin corazón? Durante todo este tiempo he olvidado que cada acción
mía concedía o impedía las acciones de otros. Miraba
a su hija ir y venir preparando el comienzo del día y pensaba en
otras hijas.
Pese a las precauciones que había adoptado para que la vida no
doliese a sus seres queridos, supo en esos momentos que serían
vanas, que decisiones de otros les podrían hacer infelices, y privarles
de desarrollar su capacidad de elección. Ahora creo entender posturas
y comportamientos que antes ni siquiera era capaz de concebir como reales.
Le asustó pensar la cantidad de daño que el olvido de su
responsabilidad podía haber generado. Sentía que había
perdido la capacidad de mirar a los ojos de las personas, de cualquiera
de ellas, y por primera vez necesitó recuperarla, básicamente
para poder mirarse.
Después del segundo sorbo de café pensó: He visto
cómo se minaba el camino de personas honestas e inteligentes en
los estratos del poder. He disfrutado en mi propia carne el premio a la
docilidad, al reproducir el modelo social normalizado, mientras se castigaba
a quienes trataban de recordar nuestras responsabilidades y de responder
a ellas. He sido testigo y parte en la obstaculización de sus iniciativas,
el desprestigio de su trabajo y la neutralización de su esfuerzo.
Hay decisiones que afectan a los diversos grupos de la humanidad que tienen
que ser tomadas y alguien debe trabajar en pensar y ejecutar soluciones
para todos. Pero no bajo una concepción de lo público adulterada
por la prevalencia de un sentido patrimonial y exclusivo en la administración
de la democracia, sino bajo el criterio de que ha de ser la voluntad pública
la que condicione la constitución del Estado y no a la inversa.
Su tristeza daba ahora paso a una nueva ilusión. Sentía
que este doloroso proceso desencadenado por el olor de unos cabellos,
esa vergüenza de sí que nunca pensó que sentiría,
le devolvía no su inocencia aunque sí la vitalidad, la fuerza
interior y la energía que se desprenden de la convicción
y la esperanza en desarrollar las potencialidades de la propia vida.
Todos y cada uno de los hombres y mujeres poderosos miraron a sus mujeres
y hombres, justo en el gesto de sentarse con ellos a la mesa, con la cara
lavada y los ojos vibrantes. En cada uno de los hombres y mujeres poderosos,
se había revelado este extraño proceso de diferente manera
durante esa mañana, pero con un mismo sentido.
Todos y cada uno de los hombres y mujeres poderosos decidieron: A partir
de hoy no volveré. Me he liberado de la ceguera que aprendí
y ya no me es posible seguir formando parte de la mentira perversa que
constituye este sistema de mandos. No tengo ningún modelo organizativo
de recambio pero al menos sé que rechazo repetir comportamientos
causantes de la fractura entre los niveles donde se forma la voluntad
política y los niveles de su ejecución y administración.
Tengo que reflexionar sobre cómo utilizar mi experiencia y todas
estas dudas para encontrar estructuras alternativas que sustituyan el
actual reparto del poder y sus beneficios, por la implicación ciudadana
en la toma de decisiones. Y sé que todo empieza por buscar a la
gente que está ya trabajando en este mismo sentido, desde las fisuras
del sistema, fruto de las contradicciones que causan las disciplinas establecidas
y controladas.
La concepción del mundo como un lugar pequeño, dominado,
seguro y en progreso, no nos ha hecho menos miserables ni menos temerosos.
La forma en la que esta concepción cerrada, fragmentada y minimizada
de la realidad ha afectado a las personas, evidencia la necesidad individual
y social de que sucedan cosas que nos hagan recuperar el derecho a la
crítica, a la voz y a la acción, y que mediante nuevas estrategias
(no codificadas) consigan hacer visible la necesidad de ese replanteamiento
y creíbles las alternativas.
No será fácil. Al igual que hemos forzado nuestro olvido
de ser pueblo, y nos definíamos en oposición como clase
dirigente, también hemos forzado una construcción de la
identidad de la clase trabajadora que excluye su propia conciencia de
ciudadanía. Pese al daño causado a las personas en sus vidas,
en el hecho de ser pueblo siempre ha residido la potencialidad y la voluntad
de pensar que las cosas pueden ser mejores de lo que son. Pero esta voluntad
debería tener como fin convertirse en derechos, lo cual requiere
un esfuerzo colectivo para construirlos y mantenerlos.
Los hombres y mujeres poderosos no fueron a sus despachos a trabajar.
Inmediatamente fueron sustituidos por otros hombres y mujeres.
La mañana cambia los nombres. La mañana cambia el mundo.
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