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Los muñecos de cuando éramos pequeños. Canción

Me asombra
que la vivencia del drama
nos haga cubrir la cabeza con las manos:
será para acelerarar la asimilación
de lo inconcebible;
o para poner en funcionamiento
un órgano atrofiado,
que ahora debe meter dentro
lo que vino a llamar
a la puerta de los ojos.


Si me encuentro en un momento difícil
me siento y bajo mi cabeza hasta las rodillas.
Mi conciencia cae entonces desde todo lo que soy,
por su propio peso.
Mi cabeza ya no corona,
sino que renuncia a su soberbia.
Escuchar al cuerpo y sus sencillas verdades
me parece importante.


Yo me llamo yo.
Los demás me llaman con un nombre.
Yo siempre me llamo yo, aunque ya sea otro.
Los demás siempre me llaman con el mismo nombre.
Quiero llegar a decidir ese yo
que soy.
Pero no es sencillo prever
las consecuencias de las intervenciones
que hago en mi.
El yo que voy resultando trata de perdurar,
jugando a esconderse de sí mismo.
Yo no quiero engañarme
y a la vez debo querer
porque yo me engaño mucho,
unas veces para sentirme mejor
y otras para no sentirme en absoluto.
Mi relación conmigo es difícil:
no quiero que mi yo se estrese o deprima,
quiero motivarlo y ser crítico,
reconocerle meritos y reprocharle.
Quién sabe,
quizá mi mejor yo ya pasó y lo malogré.


Nunca se aprende del todo en las relaciones con el yo.
Mi yo, al tratar de hacerlo más yo,
me juega malas pasadas.
Por ejemplo:
yo quiero ser un yo pensante y activo,
y deseo dedicar bastante tiempo a pensar y activarme,
por tanto necesito una forma de vida
que me dé tiempo.


Así que yo trabajo poco por dinero
para trabajar mucho por mi yo.
Estoy convencido de que un yo más reflexivo
puede ser más útil para otros yo
que un yo adinerado.
Todo esto me convierte en un yo
socialmente raro.
Entonces mi yo y su proyecto
entran en contradicción:
yo quiero ser un yo reflexivo, pero no raro,
pues un yo raro es un yo sospechoso,
y eso significa
que su relación con otros yo se ve impedida.
¿Y para qué quieres entonces un yo más reflexivo?


A lo peor, me engaño pensando
que si trabajo mi yo, va a ser mejor para todos
y resulta que al final es peor.
Y sobre todo, mi yo lo trabajo en relación con otros yo
y si no me puedo relacionar
¿Cómo voy a conseguir un yo trabajado?


Otro ejemplo:
Mi yo no quiere trabajar más horas por dinero,
pero mi yo quiere poder un día tener un hijo;
y mi yo no puede contra las circunstancias circundantes a él,
no las puede transformar a su antojo.
Así que ¿qué yo prefiero ser?
Yo quiero ser un yo con ambas cosas
y tampoco quiero ser raro.
Bueno, quizá lo de tener hijos no importe tanto.
Quizá lo de ser raro sea estupendo.
Quizá otros yo encuentren algo en mi yo
que les facilite las relaciones con el suyo.
Pero seguramente no.


Me da igual
yo no quiero ser un yo que no me guste nada,
que luego no duermo,
o peor, no quiero despertarme, que ya me lo sé.


Todo es muy confuso
¿Cómo sé yo que cada decisión que voy tomando
me acerca al yo que busco ser?


No hay nadie más peligroso para mí que yo mismo,
nadie que me pueda hacer tanto daño
o me pueda convencer de vivir tan mal.


Cuanto menos me gusto yo
menos tiempo me doy para sentirme.