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European
Friendship & Telecommunications. Diálogo
Un niño mantiene una conversación telefónica
con una mujer amiga. El niño viaja en coche hacia ella. El niño
viaja de noche, mira el móvil iluminado. La mujer vive de día,
está en un castillo.
[hi
european friendship & telecommunications]
Vera: Hola Tristán. ¿Cómo estás?
Tristán: Hola Vera. Me alegra encontrarte, hay algo que
necesito compartir contigo. Últimamente no dejo de pensar sobre
la relación que tengo con mis amigos.
Vera: Te escucho.
Tristán: Imagina que haces una lista de aquellas personas
con las que realmente puedes contar... sinceramente ¿estaría
yo en ella?
Vera: Claro que sí, ¿por qué lo preguntas?
Tristán: No sé. He visto imágenes de amistad,
imágenes que no acabo de entender.
Vera: ¿Cómo eran?
Tristán: Unos chicos con camisas de cuadros se acodaban
en la barra de un bar. No se habían visto en años. Unas
chicas eran sus amigas desde la infancia. Algunos hubieran querido ser
pareja, o haber cambiado de pareja, o haber cambiado de vida. Me emocionaba
esa sensación de que sus vidas podrían haber sido diferentes.
Vera: ¿Qué más imágenes has visto?
Tristán: He visto niños que se juntan en cada recreo.
Uno pide prestado un lápiz a otro con una cortesía anticuada,
virutas de un lápiz rojo que guardará; y niñas que
se peinan la una a la otra. He visto a mujeres que se ayudaban entre sí
con complicidad. Se ayudaban a cuidar de sus hijos, a llegar a fin de
mes. Una de ellas amamantaba a su hija y a la de su amiga enferma. He
visto adolescentes que van en grandes grupos al mismo sitio todos los
fines de semana. Jóvenes que comparten piso e ilusiones de futuro.
Antigüos amantes que se hablaban habiéndose conocido. Personas
de mediana edad que van juntos al cine y a cenar. Grupos de manifestantes
sin bandera. He visto varias familias que se encuentran en el campo. Parejas
de amigos que vuelven a viajar juntos ahora que sus hijos no les necesitan.
Viudas, solteras, primas ancianas que se mueven despacio por la calle
cogidas del brazo para compartir un café. Imágenes de hombres
que conservaban a sus amigos de las trincheras de la Primera Guerra Mundial,
de la Segunda Guerra Mundial, de las guerras de Vietnam o de Corea. Gente
llorando en los entierros y a un grupo de vagabundos sin edad cantando
el cumpleaños feliz...
Vera: A mi me inquietan los jóvenes que ríen, que
miran pantallas, que juegan juntos pero solos. Que miran pantallas hombro
con hombro. Las imágenes de adultos que parecen discutir sobre
algo, pero que en el fondo hablan, compran y compiten por algo muy distinto.
Tristán: Exactamente de ese tipo de inquietud es de la
que te estoy hablando. He querido informarme sobre el valor de la amistad,
pero no encuentro investigaciones, textos o referencias monográficas.
La historia no nos cuenta cómo dos personas eran amigas en el siglo
XII. El antropólogo no me dice qué función social
tenía en la comunidad esa amistad antigüa. El sociólogo
se limita a darme datos sobre el lugar que ocupan los amigos en la escala
de valores adolescente. ¿Pero cómo se hace el dato sentimiento?
¿Hay una amistad diferente protestante, asiática o comunista?
Me pregunto de qué es interfaz la amistad en un mundo como el nuestro,
donde una profunda necesidad emocional y la distancia absoluta se mezclan
de la forma más contradictoria posible.
Vera: Tienes razón, no hay un estudio titulado "La
función social de la amistad". En cambio las canciones, los
cuadros y las novelas sí nos hablan de ella, representando nuevas
formas de relacionarse en el mismo momento en el que están mutando.
Quizá construyendo la propia realidad como posible con esa representación.
Mi opinión es que si no hay referencias habrá que trabajarlas.
¿Tú qué crees que es la amistad?
Tristán: Los amigos pasan tiempo juntos. La amistad debe
consistir en querer pasar tiempo con una persona.
Vera: Es verdad, pero fíjate como también hubo
grandes amistades entre personas cuyas comunicaciones eran básicamente
epistolares.
Tristán: ¿Algo así como los amigos por e-mail
de hoy? ¿Podemos llamar amistad a una relación a través
de medios electrónicos?
Vera: Lo importante no son los medios que usamos para comunicamos,
sino el hecho de si realmente nos comunicamos o no. Las distancias pueden
facilitar relaciones que la presencia haría impracticables. A priori
no tengo prejuicios sobre el soporte de esa comunicación verdadera.
Parece irrebatible que para salir adelante en sociedad necesitas agruparte,
pero no tiene por qué ser de una única manera. Las agrupaciones
permiten buscar conjuntamente salidas o modelos vitales distintos a los
establecidos, algo que en ocasiones sería imposible a nivel individual.
Tristán: ¿Pero cómo ayuda la amistad a la
supervivencia?
Vera: Entre infancia y adolescencia se permiten ciertas prácticas
de grupo para interiorizar comportamientos útiles a la sociedad
productiva: pertenencia, rol, competitividad, clase, control... A estas
edades se toman decisiones vitales sin poseer información suficiente
sobre las consecuencias, e incorporamos comportamientos en sociedad que
nos permiten sobrevivir, pero que pueden causar una insatisfacción
individual permanente.
Los mayores que intentaron hacernos conscientes de la necesidad de elegir
bien a nuestros amigos, lo hicieron guiados por modelos de costumbre de
los que no eran en absoluto conscientes, en una especie de empirismo ciego.
¿De dónde nos han venido nuestros modelos de amistad entonces?
¿del imaginario mediático? ¿Y cual va a ser el modelo
de amistad de la siguiente generación? La relación que se
os propone a los jóvenes con el lenguaje y los objetos es de mero
consumo ¿por qué no consumir relaciones emocionales, consumir
los diferentes yo que los otros me reflejan?
Si no sabemos que nuestra forma de relacionarnos y con quién lo
hacemos nos construye, de ninguna manera podremos enseñarlo. Por
eso educamos en la afirmación, el control y el miedo. La reproducción
de los modelos impuestos se alimenta de la intuición irreflexiva
de los educadores.
Tristán: ¿Y qué viene después de
esa amistad de juventud, de esos amigos sentados en una escalinata para
toda la eternidad?
Vera: Después viene una forma de ser adulto en la que
la vida se te impone. Trabajadores a tiempo completo. Grupos con los que
me ven que salgo a consumir. Y un sentimiento constante de añoranza
de intensidad emocional que ha quedado reducida a slóganes, a campañas
de publicidad para personas que se sienten solas. Esta soledad y esta
nostalgia son útiles de muchos modos.
Tristán: No entiendo. ¿Están sólos
todos los adultos?
Vera: No es que no exista la amistad en la edad adulta, pero
este tipo de amistad, cuando es normativa, se produce básicamente
en grupo, lo que evita la incómoda cercanía de la relación
a dos. Estos grupos son bastante homogéneos. Su razón de
ser es la afirmación de un determinado estilo de vida, y no se
permiten desvíos. Aunque exista como elemento de control la figura
del amigo fracasado, o amigos que te hacen sentir fuerte, maduro o joven
por comparación. Encuentros ocasionales de este tipo redundan en
la certificación de las decisiones de vida que has tomado. No niego
la posibilidad de que las amistades con personas muy diferentes a uno
mismo enriquezcan a los sujetos, haciéndoles más conscientes
de la complejidad, pero es una práctica que escasea.
Tristán: Entonces mientras en la juventud se te permite
el juego de la cercanía emocional, de adulto es como si todos asumiéramos
un pacto de no agresión: no decirnos nada que nos haga dudar.
Vera: Sí, quizá el pacto es mucho más amplio
de lo que imaginamos, y toda nuestra sociedad es un gran pacto para no
rasgar la cortina que cubre nuestras finitas vidas invivibles. Pero para
mí, las redes de apoyo que se tienden entre algunos sujetos posibilitan
momentos de acción y elaboración colectivas, aumentan la
confianza y la esperanza, la capacidad de ilusionarse. Es una fuente de
energía que evita la resignación.
Tristán: Quiero hablar un poco de la que parece ser la
agrupación más común, la pareja. Aparentemente la
máxima cercanía, el máximo conocimiento mutuo debería
darse en la relación amorosa.
Vera: ¿Y piensas que también puede ser renuncia
o afirmación vacía?
Tristán: Se supone que la pareja es definida culturalmente
como la morada, el refugio último. Pero si la entendemos como unidad
social que te proporciona estabilidad emocional y económica, da
la sensación que se produce una renuncia a la amistad en pos de
la afirmación de un proyecto común.
Vera: Yo creo que muchas parejas se proporcionan un reflejo mutuo
de ese proyecto permanentemente. Si uno entra en crisis, el otro no le
devuelve su reflejo, sino el del proyecto conjunto, ya que los dos deben
ser reflejo de lo mismo. Por eso no son amigas, no pueden permitírselo.
Por otro lado, hay personas que no creen que la amistad deba formar parte
de las relaciones de pareja. Como si la vulnerabilidad del amor y del
conocimiento cotidiano no fuesen compatibles con una vulnerabilidad emocional
más profunda, con esa forma de relatar cómo nos sentimos
a un nivel muy interno que solo encontramos con los verdaderos amigos,
personas que nos querrán a pesar de todo, personas con las que
normalmente no vivimos el día a día, ni las tensiones de
la gestión de una determinada agenda. Como si aquella persona que
tienes al lado a diario no pudiese ser testigo de tu insoportable fragilidad.
Tristán: SI la pareja se fundamenta en la renuncia para
obtener unos fines socio-simbólicos, estaríamos ante un
modelo del trabajo flexible. De las relaciones entre los miembros de un
equipo se espera efectividad, no amistad.
Vera: Y como tal equipo y por efectividad, entra en escena una
cuestión espinosa en relación a los roles de género
en la pareja: el reparto de tareas, la jerarquía interna…
Tristán: ¿Entonces una pareja no necesita de la
amistad, se basa en un juego de sentimientos, aspiraciones, control, deseos
que son otra cosa?
Vera: Estamos hablando de comportamientos habituales, pero hay
otros. Yo al menos sí necesito ser amiga de mi pareja, y que mi
pareja sea mi amiga, prefiero una relación que huya de los juegos
de poder, que asuma la libertad. Puede que mi modelo no sea aplicable
a otros. Hay muchos que prefieren no vivir algo que puedan perder. Y hay
muchos otros que opinan que el amor, y entre sus tipos, también
la amistad, no son más que formas de control social, susceptibles
de jugarse como estrategias.
Es curioso que muchas de estas posturas de renuncia a la amistad y el
amor se justifiquen en la dificultad que amar requiere, cuando nuestras
amistades son en el fondo poco exigentes, teniendo en cuenta la facilidad
de relacionarnos en un contexto social como el nuestro. Vivimos aparentemente
lejos de las guerras a las que dan lugar nuestro modo de vida. Carecemos
de experiencias que supongan la puesta en práctica de nuestros
principios morales o que nos hablen de que un día vamos a morir.
¿Nos arriesgaríamos a morir por un amigo, por esconder a
un perseguido, por dar de comer y dormir?
Con esto no quiero decir que la amistad verdadera sea la amistad en la
dificultad, pero debemos pensar nuestra normalidad, en la cual las anomalías
se huyen, nos apartamos del amigo enfermo o deprimido; y como en la pareja,
el amor acaba siendo tan sólo un incómodo vacío al
que hay que entretener. Y es una pena, porque una mayor sensibilización
ante el dolor ajeno crearía una base de ciudadanos más preocupados
por la igualdad social.
Vivir la vida como una escapada o una batalla me parece terrible, pero
la suave amenaza de la soledad y el sufrimiento está muy presente.
Hay tres posibles respuestas: abandonar la empatía y volverse un
depredador, abandonar la voluntad y volverse sumiso, o abordar la dificultad
y correr el riesgo de la vulnerabilidad. Yo prefiero la conciencia, quizá
por educación, intuición o suerte he podido elegir lo que
otros no pueden.
Tristán: Pero has de correr el riesgo de esa vulnerabilidad,
estarás aún más sola.
Vera: Aparentemente sí, supongo que no somos muchos los
que optamos por ella. La amistad desinteresada desaparece en favor de
una red de contactos profesionales e información jerarquizada,
de una búsqueda del éxito. ¿A quién llamamos
amigo? Quedar fuera de estos juegos de poder tiene sus riesgos pero se
gana libertad, y en mi opinión también se gana dignidad.
Simultaneamente, la persona adulta tiende a sentir la vida familiar como
único espacio de confianza, renunciando a los demás en un
acto de sacrificio que responde más bien a su incapacidad para
abordar la vida en toda su complejidad. Lo que nos contaron nuestros mayores,
tus experiencias con antiguos amigos adolescentes, la reiteración
de la pérdida, te convence de que es inevitable acabar solo y resignado,
pero no puedo dejar de pensar que esto es lo que más interesa para
anularnos políticamente ¿No es curioso que lo primero que
hace una persona insegura es tratar de aislar al ser amado? ¿No
será que el capital nos ama tanto que por eso nos aisla?
Y después de haber renunciado a la empatía o a la voluntad,
de pronto un día, un año, empiezan a morirse tus amigos.
La muerte es el fin de todos los tiempos potenciales que podrías
haber pasado con una persona, que esa persona podría haber pasado
con otras. Al final la vida deja mucha intensidad posible en el tintero.
No sé si las mentiras que sabemos diseñarnos en la juventud
son tan fáciles de asumir en el ocaso.
Tristán: Entonces ¿cual es la verdadera amistad?
Los niños no tienen mucho que compartir, los adolescentes tienen
poca experiencia y los lóbulos frontales inmaduros, los adultos
blindan su estilo de vida porque no pueden permitirse dudar, y los ancianos
van viendo morir a sus amigos y no se sienten cerca de nadie. ¿Dónde
situamos a aquellos que llamamos amigo o amiga? Dime por favor una última
definición de amistad.
Vera: Tendrás que elaborar la tuya propia. Para mí,
Tristán, la vida se me regala en forma de encuentros con determinadas
personas, y siento la necesidad de verme en su espejo, reconocerme en
ellas, compartir tiempo y existencia, de construirme con y de ellas, de
ser testigo de sus gestos, de verlas amar, llorar, reír... A veces
cuando nos miramos en el espejo, no nos gustamos, nos duele enfrentarnos
a nuestro propio abismo, a nuestra pequeñez; sin embargo, créeme,
esta es la mayor de las suertes. La amistad nos presta sus fuerzas cuando
estas nos faltan, cuidarnos a nosotros mismos es una deuda con quien nos
quiere. Yo no me siento sola. Este tipo de relación requiere un
esfuerzo emocional conjunto, quizá incompatible con el individualismo
atroz y el miedo a cualquier soplo de duda sobre cómo estamos viviendo.
Es difícil de encontrar y construir pero ¿sabes?, no todos
queremos vivir bajo ese miedo.
Ten en cuenta que todo esto que hemos estado hablando no es más
que un determinado ordenamiento de las palabras que nos permiten pensar
sobre la amistad. Estás palabras ayudan a vivir, a sentir, y sobre
todo generan una actitud crítica que hace posible ciertas prácticas.
Pero no conjuramos nada con nombrarlas, luego hay que domar a la palabra
en sentimiento, en práctica interna hecha sentimiento. Hablar con
estas palabras abre caminos en nuestro cuerpo, pero luego debemos caminarlos
o no.
Duerme ahora. Noto que tienes sueño. Te quiero.
Tristán: Yo también te quiero. Creo que nunca ningún
amigo me había dicho que me quería.
[bye
última llamada
16:42
coste de la llamada
2,97 €]
Amanece. Un coche pierde velocidad con la fortaleza de fondo. Vera
saca a Tristán del coche, reposa en sus brazos y va despertando.
Horizonte con río.
Tristán: Creo entender lo que decías acerca de
elegir la vulnerabilidad y la crítica a uno mismo. Intuyo que esa
actitud puede hacer posible vivir sin el miedo a la crisis. Tenemos miedo,
y muchas razones para tenerlo. El problema es que lo tenemos por la razón
equivocada, ordenamos los datos sensibles desde ese miedo, percibiendo
equivocadamente. Nuestro temor nos hace ansiar certezas, aunque sean impuestas,
y la certeza que nos hacemos creer sobre nuestras relaciones emocionales
es que la cercanía y la intensidad son inmaduras, hacen sufrir.
Ser realista hoy es no confiar en nadie. Preferimos vivir instalados en
la crisis que se nos diseña, la soledad e insatisfacción,
a elegir nuestras crisis.
La comunicación ampliamente entendida entre sujetos libres posee
el tremendo potencial de cuestionarnos, de que aprendamos y cambiemos
en esa incertidumbre. Curiosamente, me produce mucho placer y alegría
darme cuenta de que no hay certezas. Tenemos que ampliar la mirada y escribir
los relatos de la crisis elegida por nosotros para hacer mundo desde la
vida crítica. Es una incertidumbre que me empuja a construirme
y a construir, en vez de a la pasividad y la renuncia seca de unas verdades
falsas.
Elijo estar cerca.
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